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Alan Moore, uno de los guionistas mejor considerados a nivel mundial, no para de crear y crear. Su amor a los tebeos se nota en cada nueva propuesta de su cosecha.
Este guionista británico, el mismo que revolucionó el cómic de superhéroes a finales de los ochenta con la estupenda serie de obligada lectura Watchmen, no quiere aceptar la decadencia de un género cuyas ventas parecen caer en picado. Al fin y al cabo es lo que le da de comer y artísticamente todavía puede dar muchos frutos. En un nuevo derroche de energía creativa, una de sus vitales características, el excéntrico autor, nacido en Northampton (Inglaterra) en 1953, puso en marcha una línea de tebeos, engendrados enteramente por su mente, que pretenden reimpulsar la historieta de supertipos en pijama. Estamos hablando del sello America´s Best Comics (ABC Comics), una iniciativa respaldada por el estudio Wildstorm, liderado por Jim Lee.
ABC Comics ha cosechado grandes éxitos, a nivel de crítica y público, al otro lado del gran charco. De esta manera el panorama del cómic americano más comercial ha recibido una inyección de vitaminas gracias a un proyecto que reúne varias series, a cual más diferente. Todas ellas se caracterizan por su empeño en ofrecer al lector algo nuevo que llevarse a los ojos. Estas interesantes colecciones, cinco en total, han iniciado su andadura en nuestras librerías de la mano de Planeta DeAgostini. Sus títulos: The League of Extraordinary Gentlemen, Tom Strong, Promethea, Top Ten y Tomorrow Stories.
The League of Extraordinary
Gentlemen. La crítica se volcó en
su día con esta inusual serie que describe las
vicisitudes de un grupo de superhéroes muy
alejado de lo habitual. Moore rompe
esquemas reuniendo a varios personajes
extraídos de diversas novelas de aventuras del
siglo XIX: Allan Quatermain (Las minas del Rey
Salomón), Mina Harker
(Drácula), el doctor Jeckyll (y su
inseparable Mr. Hyde), el Capitán Nemo
(20.000 leguas de viaje submarino) y Hawley
Griffin (El hombre invisible). Todos para
uno y uno para todos, unen sus fuerzas para resolver
inquietantes situaciones en una ambientación
victoriana embriagada por la ciencia-ficción.
El siempre genial Kevin
O´Neill realiza un excelente trabajo,
trasladando al papel un guión tan arriesgado
como sugestivo que no debe pasar desapercibido.
"Cuando una mañana se despertó, Gregorio Samsa, después de un sueño agitado, se encontró en su cama transformado en un espantoso insecto". Así de crudas son las primeras líneas de La metamorfosis de Kafka, y así de crudas pueden ser las viñetas de Charles Burns, uno de los grandes del cómic independiente americano actual, junto a dibujantes de la talla de Daniel Clowes o Peter Bagge.
Nacido en 1955 en Washington D.C., Charles Burns es el autor más veterano de la última generación de dibujantes underground que despuntan al otro lado del Atlántico. Su marcado estilo, influenciado por la estética americana de los años 50 y contagiado por el virus de la cultura basura, es uno de los obligados puntos de referencia de numerosos autores de fin de siglo, entre ellos el propio Daniel Clowes, uno de los más significativos. Ambos tienen en común un retorcido interés por revolver las tripas del american way of life, dejando al descubierto lo que realmente se esconde detrás de la aparente normalidad de los lobotomizados ciudadanos del país de la hamburguesa.
Las primeras propuestas gráficas del visionario Burns, con su inconfundible sello aún sin pulir, pudieron verse en la revista Raw. Buzz, Heavy Metal y Taboo completan la lista de publicaciones que le abren sus puertas desde finales de los 70, dando cabida a historietas de trazo limpio y aparente sencillez que muestran cierto gusto por explorar los entresijos del alma humana, la columna vertebral de su producción. Mientras el lector avanza en la lectura, los protagonistas de las viñetas metamorfosean reflejando la obsesión del autor por escarbar en el mundo que le rodea y crear su propia versión de la realidad. La rutinaria normalidad se transforma en una desgarradora pesadilla en la que nada es lo que parece. La perversidad aflora y apacibles individuos se convierten en extrañas criaturas que sirven al artista de vehículo para dar rienda suelta a su inquietante imaginación, un torbellino de imágenes donde la mutación de la carne y los comportamientos fuera de lo común se convierten en hábiles metáforas de nuestra propia existencia.
Acorde a lo antepuesto, podemos aventurarnos a afirmar que Burns es la respuesta en viñetas a cineastas como David Lynch o David Cronemberg, empeñados en mostrar el lado oscuro de la mente humana. Con el responsable del polémico film Crash comparte una clara atracción por la transformación del cuerpo, una máscara que oculta el verdadero deseo y nuestros miedos. Los trastornos psicológicos que padecen los personajes, sus confusiones sexuales o cualquier trauma que les atormenta, se ven explicitados en cambios físicos. La enfermedad amenaza la normalidad y aboca a sus protagonistas a un proceso de degradación en el cual pierden su condición humana.
Parte de la obra de Charles Burns se ha ido publicando en nuestro mercado de manera dispersa. Ediciones La Cúpula editó hace casi una década el recomendable álbum Misterios de la Carne, una recopilación de algunos de sus balbuceos gráficos de principio de la década de los 80. Este trabajo invita a disfrutar de la evolución del artista. En sus páginas podemos comprobar cómo conjuga con mayor acierto el dibujo y la narración en cada nueva propuesta. Sus constantes temáticas dan lugar a un puñado de inquietantes historietas donde la tranquilidad del hogar o parejas de enamorados se ven rotas al desvelarse los más sombríos secretos. El tomo incluye una aventura de Dog-Boy, el chico perro, una de sus creaciones más célebres (algunos avispados televidentes lo pudieron conocer gracias a su adaptación a imagen real para el programa Liquid Television de la MTV, emitida hace un tiempo en La 2). La conducta canina de este personaje choca con las normas sociales establecidas, característica que se repite en otras emblemáticas criaturas rara avis de su cosecha, como El Borbah, un curioso detective vestido de luchador mexicano.
Recuperado años más tarde por la editorial antepuesta para engrosar las filas de su excelente línea Brut, hasta la fecha han visto la luz dos comic-books firmados por Burns dentro de esta colección: Burn Again y El Club de Sangre. El primero, de irónico título, bucea en la fragilidad de la condición humana profundizando en la religión y el mundo de las sectas. El más reciente, de hemoglobínico nombre, está protagonizado por Big Baby, un inocente muchacho de físico estrambótico que se ve envuelto en una trama enfermiza que transcurre en un campamento de verano, con una aparición fantasmal incluida. La venganza de los hombres topo, otra aventura de este contrahecho personaje, ha sido publicada en las páginas de El Víbora.
Los temores de la juventud es un tema recurrente en la obra de Burns. Su serie The Black Hole vuelve a insistir en esta inquietud angustiando al grupo de teenagers de turno con la aparición de un virus que provoca horribles deformidades a los afectados. Los problemas de la adolescencia se hacen más físicos y son expulsados en forma de monstruo.
Convertido en uno de los máximos exponentes del tebeo de culto americano, bien tratado por la crítica, Charles Burns vive principalmente de sus ilustraciones para revistas de prestigio como Playboy o Rolling Stone. Ha aparecido también en The Time o en The New Yorker y comparte con Daniel Clowes el placer de haber dejado huella con su arte en los envases del refresco OK Soda. Compagina estas labores con la realización de portadas de discos, entre ellas la del álbum Brick by Brick de Iggy Pop. Actualmente vive en Italia, donde continúa su necesaria cruzada contra las apariencias, inventando personajes excéntricos que ponen en evidencia su amor por lo raro.
Daniel Clowes, Peter Bagge, Charles Burns y compañía ya tienen un nuevo relevo en nuestro mercado. Dave Cooper, el autor de la serie Escombros, ha llegado a la ciudad. El cómic alternativo americano sigue golpeando con fuerza.
Dave Charles Cooper es, sin duda, uno de los elegidos para recoger el testigo de Daniel Clowes y compañía como dibujante alternativo de moda. Tras publicar la estrambótica serie Muérdete la lengua en las páginas de la revista El Víbora (nº 233 a nº 247), publicación señera siempre en busca de nuevos talentos adalides de la independencia, nos llega el primer número de Escombros, editado por La Cúpula en cuatro entregas en su siempre sugestiva colección Brut Comix.
Bajo esta propuesta de nihilista título se esconde un ácido trabajo cuya viñeta inicial, brillante y brutal, resume el negro planteamiento de esta historia. En esta primera imagen el protagonista del entuerto, el bueno de Knuckle, un tipejo cabecicubo hundido en la más absoluta monotonía cuyo único objetivo en el día a día es copular como una bestia, pone todo su empeño en encajar adecuadamente los brazos de una muñeca. Las mujeres son la sal de su vida, o la cal y la arena, con lo cual trabajar en una cadena de montaje que fábrica mancebas de plástico sintetiza metafóricamente la tortura mental que sufre en silencio. Acariciar continuamente esos miembros a escala, esas tetas y esas cabecitas sonrientes, pueden traumatizar a cualquiera. Si además nuestro entorno tiene demasiados puntos en común con la factoría descrita en Metropolis, el film de Fritz Lang, alejándose sobremanera del universo colorista de Toys ´r´ Us, nada bueno puede ocurrir.
Dave Cooper, máximo responsable de Escombros, esculpe imágenes retorcidas que combinan lo artificial con lo orgánico y nos introduce en un mundo enfermizo con claros paralelismos con el cine de David Cronenberg, el rey del horror venero. El peculiar grafismo del que goza este sugestivo dibujante, nacido en Nova Scotia (Canadá) en 1967, transmite una sensación de inquietud que se respira a lo largo de toda la lectura. El lado oscuro del ser humano es puesto al descubierto con el ánimo de revolver nuestras tripas y nuestras mentes, de un modo tan sutil como directo.
Pero el trabajo de este artista compulsivo, cuya obsesión por el detalle le perturba de tal modo que se encarga de todo en sus trabajos (diseño final, rotulación, etc.), no se queda únicamente en las obras citadas. La activa mente de este canadiense amante de lo extraño ha engendrado ilustraciones para otros campos además del cómic. La publicidad y la animación son también su punto fuerte, disciplinas en las que es considerado un diseñador y productor de amplia reputación. No en vano Matt Groening, creador de Los Simpsons, tocó a su puerta para encargarle el look de la serie televisiva Futurama, una labor que le ha encumbrado definitivamente en la industria audiovisual estadounidense. Para el canal Cartoon Network ha realizado su primer corto animado, Bird Bug Goat. Cooper, además, pinta cuadros que han sido expuestos en galerías de prestigio a lo largo y ancho del país de las barras y estrellas.
A la espera de la publicación en nuestro país de otras obras de interés cosecha de este dibujante inusual de sorprendente imaginería (atención a Suckle, nominada a los premios Harvey en 1997, galardón que el canadiense se llevó definitivamente dos años más tarde con el fascinante álbum Weasel, recomendamos encarecidamente devorar las turbulentas páginas de Escombros, una obra que inicialmente vio la luz en la revista Zero Zero de la editorial Fantagraphics, paradigma de la independencia en EEUU, entre 1996 y 1997. Entra en el mundo de Cooper y escarba en tu conciencia, inefable lector.
El cómic de fin de siglo sigue aportando obras inquietantes a la cultura popular contemporánea. En este medio no está todo dicho, queda mucho por andar, y prueba de ello son las viñetas de Daniel Clowes, uno de los más importantes dibujantes de la escena independiente americana. Su obra más personal, Como un guante de seda forjado en hierro, fue nominada en su momento al premio a la mejor obra extranjera en el Salón del Cómic de Barcelona.
Clowes nace en la ciudad de Chicago un 12 de abril de 1962. Desde temprana edad tiene acceso al mundo de la historieta gracias a la afición de su hermano mayor por esta disciplina y al permisivo entorno familiar en el cual crece. A sus manos llegan pronto tebeos underground y similares, aunque no demuestra una pasión abierta por las viñetas hasta su ingreso a los 18 años en el Instituto Pratt de Brooklyn, Nueva York, donde estudia arte hasta mediados de los ochenta. Rechazado en algunas agencias de ilustración donde busca salida profesional, se decanta por el cómic tras descubrir en la conocida revista de humor Mad el trabajo de Harvey Kurtzman, una de sus influencias básicas junto a la estética de los años 50-60, los films de culto de dicha época y la obra del ácido Robert Crumb.
The Ugly Family, una demencial propuesta a medio camino entre La familia Munster y los tebeos de terror de la E.C., inaugura la galería de excéntricos personajes que le dan a conocer. Entre ellos destaca Lloyd Llewellyn, álter ego del autor, un héroe poco usual que le sirve de excusa para explorar sus enfermizas obsesiones y torpedear sin tapujos la leyenda del gran sueño americano. Sus aventuras ven la luz en las páginas de la revista Love & Rockets y pasan posteriormente al formato comic-book dentro de la editorial Fantagraphics Books, máxima representante de la historieta alternativa estadounidense. Será esta misma casa quien edite en 1989 el mayor vehículo de expresión del inefable Clowes, la ferviente publicación de culto Eightball, realizada íntegramente por él, el definitivo empuje en su carrera.
En Eightball su único responsable reune nuevas y viejas creaciones, historietas dispares, atendiendo a su forma y contenido, que le permiten perfilar su peculiar imaginería cáustica. Entrañables seres de papel pueblan su personal universo, plagado de referencias iconográficas a la cultura basura americana, las películas de bajo presupuesto y las series de televisión. Su visión perturbadora, encauzada en una rica variedad de registros estilísticos, retrata músicos decadentes, mujeres fatales, superhéroes de postal, marcianos o mentes deformes. Todo puede tener cabida en su delirante planeta enfermo, incluso una crítica a la profesión que le da de comer de la mano de una de sus criaturas más populares, Young Dan Pussey, un patético dibujante de cómics que se cree el mayor genio entre los genios mientras sus vivencias discurren en el más triste anonimato.
Fruto de su devoción por el cine rara avis de Luis Buñuel, Clowes publica en las primeras entregas de Eightball la serie que más ha contentado a la critica especializada, la antes mencionada Como un guante de seda forjado en hierro, editada en nuestro país por Ediciones La Cúpula dentro de su colección Brut (5 números). La característica fundamental de esta obra es el estilo narrativo marcadamente surrealista que maneja con eficacia su retorcido dibujante, anticipándose a la desconcertante trama del film Carretera perdida de David Lynch, director con el cual se le ha relacionado en más de una ocasión.
Clay, hilo conductor del argumento de Como un guante..., contempla en una lúgubre sala X una película que atiende, curiosamente, a tan extraño título. Ante su asombro una chica del reparto le resulta familiar, su antigua novia Barbara Allen parece ser una de las actrices, comenzando su incesante búsqueda tras la proyección. Sumergido en una hipnótica pesadilla que le lleva al corazón de la América más profunda, canalla e inhumana, en su camino tropieza con policías corruptos, sectas peligrosas, seres atormentados y gente contrahecha cuyo comportamiento le desconcierta. Las situaciones insólitas se suceden una detrás de otra y el propio lector de la historia, obligado a entrar en la misma gracias al talento creativo de sus autor, se ve envuelto en el oscuro misterio. El grafismo contundente de las inquietantes viñetas invita a perderse en su fascinante atmósfera, un cínico repaso a la cara oculta de nuestra existencia en un viaje alucinógeno de naturaleza críptica.
La buena acogida de Como un guante... permitió al bueno de Clowes un sugestivo capricho, ver editada la banda sonora del elogiado producto, compuesta por canciones de Tim Hensley y su banda Victor Banana. Este hecho no es la única iniciativa que le ha unido momentáneamente a la música, sus servicios han sido requeridos para ilustrar portadas de discos de grupos como Supersuckers, Urge Overkill o la colección Las Vegas Sound (recopilaciones de clásicos instrumentales de los años cincuenta). Otro de sus conocidos trabajos es el diseño de las latas de refresco de la marca OK Soda. Actualmente vive en California, donde continúa su indispensable labor dentro del nuevo underground, una tarea que no debe pasar inadvertida...
Borja Crespo