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Cómics y bibliotecas

Americanos y alternativos. Selección de obras y autores

Todos los textos escritos por Borja Crespo han sido publicados con anterioridad en otros medios y reproducidos aquí con su autorización. Algunos de ellos han sido modificados y actualizados para su publicación en @bsysnet.com.

Odio, el cómic generacional

Al otro lado del Atlántico, donde hablar de cómic no es sinónimo de excentricidad, existen dibujantes poco interesados en el universo de los superhéroes. Cada vez son más los autores que intentan abrirse camino en el mercado con una obra personal al margen de la industria, creándose una sugestiva escena que puede recordar la explosión underground de los 60 (Robert Crumb, Los Freak Brothers...). Peter Bagge es uno de estos inconformistas del noveno arte, fiel exponente (junto a Daniel Clowes, Charles Burns o Chester Brown) de la nueva historieta independiente americana.

¿Cómic grunge?

Peter Bagge nace en Peekskill, Nueva York, en 1960. En 1978 se matricula en el Colegio de Artes Visuales de Manhattan, aunque nunca llega a acabar sus estudios. Sus primeras historietas, publicadas en fanzines diversos, reflexionaban sobre los mejores años del punk neoyorkino, con especial inclinación por los Ramones, detalle que vislumbra la evidente conexión de su obra con los ambientes musicales. A principios de los ochenta entra como colaborador en Punk Magazine y Wacky World, publicaciones de culto que supondrán su plataforma de lanzamiento antes de hacerse un hueco en la revista Weirdo, estandarte de la vieja escuela underground capitaneada por el inefable Robert Crumb.

Una portada de Odio

A mediados de los ochenta se traslada a Seattle por motivos de trabajo. En tan conocido lugar se encuentra la sede de la editorial Fantagraphics Books, principal responsable de la publicación del grueso de su obra. Por aquel entonces sus viñetas ya tenían un hueco para los Bradley, la quintaesencia de la América sumergida, la contraposición canalla y burlesca al modelo de típica familia estadounidense que intentan vendernos demasiado muy de vez en cuando por televisión (recordemos la serie de Bill Cosby o la empalagosa Cosas de casa sin ir más lejos). Gritos a la hora de la comida, peleas conyugales, portazos reivindicativos y luchas encarnizadas para acaparar la ventana electrónica, todo contribuye a crear una atmósfera hogareña especial. Buddy, el primogénito, se emancipará del "dulce hogar" a principios de los noventa para protagonizar Hate (Odio), el tebeo que nos ocupa, un complejo testimonio generacional, hilarante y corrosivo. En sus costumbristas páginas el devenir juvenil contemporáneo es objeto de estudio mediante acertados guiones empapados de recursos irónicos, más coherentes y arriesgados que algunas propuestas cinematográficas bombazo en taquilla con similares planteamientos.

Odio nos cuenta las tribulaciones de Buddy Bradley y sus colegas en las calles del Seattle de los noventa, plagadas de patéticas bandas punk-rock y personajes fracasados en busca de algo que llevarse a la boca. Son supervivientes del fin de siglo, enemigos a la fuerza del conformismo, malhumoradas muestras de lo duro que resulta pasear la adolescencia sin aparentar problema alguno. Bagge narra con expresivo grafismo y olfato de sociólogo sus aventuras y desventuras, describiendo un curioso catálogo de individuos con los cuales sentirse identificado. Nada se escapa a su endiablada lupa, todo es analizado con inusitada lucidez y capacidad crítica, desde ese amigo impresentable cuya máxima ilusión es ser una estrella del rock a esa chica neurótica de amor no correspondido a la que todo le sale mal. Relaciones cotidianas de contenido agrio, en ocasiones cercano a nosotros, a todas luces atractivo gracias a los chispeantes diálogos que salpican el conjunto, una obra divertida a pesar de su desasosegante mensaje. Aunque todo vaya mal siempre queda reirse de uno mismo.

Música y cómic

Las andanzas de Buddy pueden seguirse en la colección de novelas gráficas editada por Ediciones La Cúpula (así como en las páginas de la desapercida revista El Víbora. De esta forma, en ¡Los ídolos del grunge!, el protagonista se convierte en manager de un grupo musical donde tres de sus miembros se llaman Kurt, como el malogrado líder de Nirvana, y no paran de beber cerveza. La caída y auge de Leonard y los dioses del amor, como así se llaman, sirve al bueno de Bagge para reirse con cariño y sin maldad de la nostálgica movida grunge. Este argumento puede atraer a lectores no iniciados en el mundo de las viñetas, una de las principales claves del éxito de Odio. Tal es éste que ya existe una adaptación al celuloide, un cortometraje en dibujos animados dirigido por Steve Loter. Bajo el título Mundo Idiota, dentro de la sugestiva colección Brut Comix, Ediciones La Cúpula también publica una serie de comic-books que recopilan historietas protagonizadas por otros disparatados personajes del universo Bagge (más estrambóticos y caricaturescos que Buddy y compañía).

Peepshow: vida y milagros de un artista decadente

Heredero del arte iconoclasta del inefable Robert Crumb, Joe Matt es uno de los dibujantes americanos más interesantes del momento. En su obra Peepshow, que puede disfrutarse entre nosotros de la mano de La Factoría de Ideas, destapa todas sus miserias sobre el papel, revelándose como el Woody Allen del mundo del cómic.

Joe Matt (Landsdale, Pennsylvania, 1963) es uno de los últimos autores alternativos made in USA que ha entrado con fuerza en nuestro mercado tras la brecha abierta por el retorcido Daniel Clowes (Ghost World) y el ácido Peter Bagge (Odio). Esta avalancha de cómic independiente, convertida en una moda que nos endiña una de cal y una de arena un día sí y otro también, ha enganchado a un público potencial que no está engrosado principalmente por lectores habituales de cómic, detalle que es de agradecer. La razón de este hecho es bien simple: prácticamente todos estos dibujantes, especialistas en expulsar sus monstruos, tratan temas de la calle, más cercanos a nosotros. Historias costumbristas e idas de la olla que se preguntan sobre el sentido de la vida, un tema que siempre será de interés para cualquier mortal inquieto que pasee su semblante sobre la faz de la Tierra.

Las páginas de Peepshow son claras representantes del cómic autobiográfico y, por extensión, de un género muy en boga que al otro lado del gran charco que se denomina slice of life. El propio Joe Matt, máximo responsable del tinglado, se convierte en el protagonista absoluto de una serie de historietas con continuidad en el tiempo que describen su patética existencia sin escrúpulo alguno y con mucho humor, mostrándose como un tipejo egoista y malencarado cuya única preocupación son sus problemas con las mujeres -The Poor Bastard es el título original, cuya traducción lo dice todo-. Aficionado al onanismo compulsivo y a la pornografía barata, su vida se reparte entre paseos interminables por la urbe y escarceos amorosos pelín lamentables que relata con pasión desbocada, entre café y café, a sus compañeros de fatigas Chester Brown y Seth, curiosamente otros dos autores de tebeos reales convertidos en personajes.

Una portada de la edición española de Peepshow

La rutina diaria del pobre Matt, que tal como se retrata dibuja de vez en cuando para ganarse los garbanzos embriagado por la pereza, es relatada viñeta a viñeta con una precisión absoluta, sin cables sueltos, dando especial importancia a la información que realmente interesa para que avance la acción. Tal y como hemos anticipado, la columna vertebral de la narración es su pasión por el género femenino, terreno en el cual no tiene demasiada suerte. En las primeras entregas de la serie, dividida en episodios, somos testigos de la ruptura traumática con su novia de toda la vida, con la que lleva conviviendo tres años, debido a su atracción por otras tiernas mancebas que apenas le prestan atención. A partir de entonces diversas mujeres que despiertan su líbido se pasean una tras otra delante de sus narices, obsequiándole -y obsequiándonos- con un catálogo de traumas y obsesiones que vienen y van con una facilidad pasmosa.

¿Es Joe Matt un desequilibrado emocional? Probablemente. ¿Dibujar tebeos le sirve como ejercicio de catarsis? Sin duda. Es su propia fuente de inspiración y parece no preocuparle en absoluto lo que opinen sus lectores. No obstante, mostrarse a sí mismo como un miserable pervertido, cínico y narcisista, le desvela como una ser de lo más entrañable, rodeado de una colección de humanos a cual más pintoresca. Personajes reales como la vida misma en situaciones universales con las cuales podemos sentirnos plenamente identificados, ese es el secreto de Peepshow.

Nota: Joe Matt, Seth (La vida esta bien, si no te rindes) y Chester Brown (El Playboy) forman un grupo creativo de lo más curioso. El trío de dibujantes, residente en Toronto, comparte una fuerte amistad que ha influido en sus respectivas trayectorias. Se representan mutuamente en sus páginas e intercambian ideas en una interesante relación simbiótica.

Entre el cielo y el infierno

Aunque todavía algunos indocumentados siguen pensando que el cómic es cosa de niños, o pornográfico cuando lleva la etiqueta de sólo para mayores de 18 años, existen obras creadas exclusivamente para un público adulto abriéndose camino en nuestro mercado junto al manga erótico y los álbumes europeos. Predicador (Preacher) es una de estas sólidas propuestas, apadrinada por la sugestiva línea Vértigo de DC y editada en nuestro país por Ediciones Zinco en primera instancia y Norma Editorial en la actualidad.

El primer número de Predicador apareció en las librerías norteamericanas en abril de 1995 y, ante la sorpresa generalizada, se agotó en cuestión de días volando de las estanterías bajo el brazo de los aficionados más despiertos. Conseguir uno de estos ejemplares originarios supone un fuerte desembolso, su éxito lo ha convertido en objeto de culto y su precio se ha revalorizado fruto de la especulación. Gracias a este revuelo el irlandés Garth Ennis, guionista y máximo responsable de la serie, ha despuntado como una de las últimas revelaciones de la industria tebeística estadounidense tras una interesante etapa británica donde guionizó varios episodios del mítico Juez Dredd. Con tan solo 26 años entró a formar parte de las filas de DC cautivando a la crítica especializada con su aportación a Hellblazer, título que daría paso a su colaboración con Steve Dillon, dibujante de la obra que nos ocupa. Cierra el equipo artístico Glenn Fabry, encargado de las impactantes portadas, labor que también ha desempeñado en algunos lanzamientos de Lobo o Slaine (no en vano su arte recuerda al excelente Simon Bisley).

Garth Ennis aprovecha la libertad creativa que le ofrece la línea Vértigo de DC para narrar explícitamente las violentas andanzas de un ex-predicador, Jesse Custer, poseido por una todopoderosa entidad llamada Génesis, nacida de la unión carnal entre un ángel y un demonio. Su búsqueda de la verdad le llevará a conocer una galería de siniestros personajes, retorcidas muestras del lado más sombrío del ser humano, en un oscuro viaje no apto para mentes impresionables (algunos de los temas que trata han sembrado la polémica en la puritana USA, causa más que suficiente para multiplicar las ventas). Le acompañan en su ardua tarea una antigua novia de profesión asesina y un desaliñado vampiro irlandés de casi un siglo de edad experto en buscar problemas. Estos estrafalarios secundarios, Tulip y Cassidy, son dos simples muestras del cóctel de influencias agitadas con eficacia para el disfrute del lector.

Tarantinitis

El sobrenatural planteamiento nos embarca en una odisea alucinógena donde las referencias cinematográficas se respiran en cada página. El argumento no oculta su inspiración cinéfaga, aprovecha arquetipos y situaciones concretas propias del mundo del celuloide para definir su personalidad. Su estructura narrativa recuerda una trepidante road-movie (película de carretera) con aires de western crepuscular. El Santo de los Asesinos, un exterminador espectral enviado a la Tierra por los ángeles para eliminar a Jesse, es el vivo retrato de Clint Eastwood repartiendo balazos a diestro y siniestro. Los afilados diálogos que salpican el conjunto, empapados de humor negro, parecen haber sido escritos por el rompedor Quentin Tarantino. El influjo del director de Pulp Fiction no acaba aquí, al protagonista se le aparece en los momentos más insospechados John Wayne vestido de vaquero, impartiendo sus consejos fantasmales como Elvis Presley a Christian Slater en Amor a Quemarropa. Además el personaje de Cassidy nos remite al interesante film vampírico Los viajeros de la noche, de la cineasta Kathryn Bigelow, mientras Tulip está claramente basada en Nikita, curioso trabajo del francés Luc Besson que sufrió un deleznable remake americano con Bridget Fonda al frente del reparto. En vista de estos ejemplos, queda bastante claro el principal estímulo creador del papá del invento.

Entre los psicópatas, policías corruptos y pervertidos varios que el extraño trío protagonista encuentra a su paso no podemos olvidar a Caraculo, un pobre incauto que intentó suicidarse en plena adolescencia cuando Kurt Cobain, su gurú espiritual, murió de un tiro en la cabeza (¿les suena?). Falló en su intento de emularlo preso de la desesperación y ahora su rostro, desfigurado por un escopetazo, esconde un trauma irreparable. La crítica ácida también está presente en Preacher, un reclamo más para zambullirse en sus delirantes viñetas, plagadas de imágenes agresivas que dejan entrever la doble moral típicamente americana: se censuran las escenas de sexo pero no falta la expresividad virulenta.

Te lo juro por Snoopy

Si existe un personaje de cómic que ha traspasado el papel más allá de las viñetas, despertando el interés del público en general, éste es sin duda Snoopy, ese perro barrigudo de pelo blanco capaz de filosofar como el que más entre sus amigos los humanos. Su imagen, además de haber sido utilizada una y otra vez en publicidad, ha sido estampada en cientos de prendas de vestir, la mayoría sin licencia, y ha adornado cientos de carpetas de estudiantes y todo lo que uno pudiera imaginar en forma de pegatinas y otros cachivaches. Entre avalanchas de regalos románticos con su figura y alguna fantasía animada, muchas mascotas han sido bautizadas con su nombre y su sola pronunciación, junto a un te lo juro, es sinónimo de pijerío. En definitiva, ha calado hondo en medio mundo formando parte de la cultura universal, con más de trescientos millones de lectores habituales que devoran sus historietas publicadas a lo largo de casi 50 años en 2.600 diarios y revistas de 75 países.

Una portada de la reciente edición recopilatoria de Snoopy en España

Las aventuras de Snoopy y sus amigos, los Peanuts, traducidas a 21 idiomas, vuelven a ser noticia en nuestros días. A las puertas de cumplir medio siglo, desde la publicación de su primera tira el 2 de octubre de 1950 en siete periódicos americanos, su creador Charles Schulz no ha parado de dibujar, pero un cáncer de colon, descubierto recientemente tras ser operado de una obstrucción en la aorta abdominal, le ha obligado a aparcar el lápiz antes de celebrar el cumpleaños de oro de sus criaturas. El dibujante norteamericano se jubiló forzosamente a los 77 años de edad y reserva sus últimas fuerzas para afrontar su dolencia. A petición del propio autor, ningún artista le sucederá al mando de la pluma y los pinceles.

50 años dibujando tebeos

Charles Schulz, nacido en Minnesota en 1922 y afincado en Santa Rosa (California) desde hace cuarenta años, no imaginaba en sus inicios la futura gran aceptación de sus hijos de papel, y menos el progresivo incremento de protagonismo del can Snoopy, el personaje más reconocido y desarrollado de la saga. Sus historias pueden analizarse superficialmente como una simple descripción en clave de humor de las peripecias de un grupo de niños y su inseparable perro, pero la realidad es bien distinta, encontrándonos ante una hábil disección del comportamiento humano en la sociedad del siglo XX. Un mordaz análisis que pasa por la filosofía y la religión, apoyándose en un estilo de dibujo simple y directo, de líneas engañosamente sencillas, capaz de llegar al público con inusitada facilidad.

"Siempre he querido ser dibujante de comics y me siento muy agradecido por haber sido capaz de hacer lo que más amo durante cincuenta años: dibujar tebeos". Con estas palabras se despide el artista en una carta abierta a sus lectores tras una larga carrera plagada de éxitos iniciada en 1948, año de la publicación de las primeras andanzas gráficas de Li´l Folks, unos curiosos personajes que vieron la luz en las páginas del periódico Evening Post y que posteriormente evolucionarían hasta convertirse en los conocidos Peanuts. Esta pandilla de chavales, a cual más maniático, capitaneada por el fanático del béisbol Carlitos, Charlie Brown al otro lado del Atlántico, se vieron catapultados a la fama a lo largo de la década de los sesenta, pasando a formar parte de nuestra cultura popular gracias a su humorística visión de la vida y a su contagiosa simpatía.

Los secretos del éxito de la serie Peanuts son muchos, algunos imposibles de desvelar incluso para su propio responsable, un adicto al trabajo poco amigo de la fama. El lápiz de Schulz se ha parado, pero atrás quedan miles de viñetas que revisar, protagonizadas por ese entrañable atajo de mocosos dignos de un consultorio psiquiátrico: Carlitos y sus frustraciones, las neurosis de Linus, Lucy la mandona, el pajarillo amarillo Woodstock... Todos ellos compañeros infatigables de Snoopy, entre cuyas tribulaciones no podemos olvidar las numerosas encarnaciones mentales provocadas por su imaginación desbordante. Entre ellas cabe destacar su álter ego más celebrado, el impagable piloto de caza de la Primera Guerra Mundial, surcando el cielo entre nubes soñadas a bordo de su perrera, un inmejorable lugar para descansar tumbado sobre el tejado. Estas y otras aventuras, por alguna razón, siguen funcionando. Imperecederas.

Borja Crespo

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