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Cómics y bibliotecas

Documentando la historia

Ángel Luis González. Excelente ilustrador. Historietista discutible. Buen colorista. Espléndido técnico. Dibujante por encima de todo y de todos, incluido él mismo.
Ángel. Honrado. Fiable. Paga sus deudas (de todo tipo). Minucioso. Concienzudo. Estresado. Capaz. Donde otros esconden la mano, él la deja puesta y a veces se la cortan. Por fortuna no es la de dibujar.
González. Dibujante de batalla. Ilustrador de libros absurdos. Publicista competente. Trabajador fiable, una noche dibujó treinta mapas para un libro de texto sin equivocarse de país, ni dejarse alguno. Hasta el encargo más penoso lo saca adelante al gusto del cliente, que no del suyo. Profesional.
Ángel Luis. Historiador de biblioteca. Uniformólogo de vocación tardía. Lector voraz. Cinéfago impenitente. Amante del detalle. Minucioso. Preciso. Investigador. El primero en castigarse cuando dibuja menos botones de los debidos en una casaca.
Ángel Luis González. Gran dibujante desconocido para él mismo. Obsesivo. Maniático. Inútilmente modesto. Inteligente. Ignorante de su propio talento, cuando lo descubra se comerá el mundo.
Ángel Luis González Romero. Nacido en 1957. Casado con una mujer encantadora. Dibujante. Sabe escribir bien. Amable. Ingenioso. Colega. Buen amigo.


Presentación realizada por:
Lorenzo F. Díaz. Escritor. Guionista. Amigo del anterior, pero objetivo e imparcial en su valoración del mismo. Lo cual le desconcierta mucho.

A mi, personalmente, la parte que más me gusta del trabajo de ilustrador o de dibujante, viene a ser, la de la documentación. Supongo, que por mi natural curioso. Luego viene otra parte que también me entusiasma, que es la de las ideas, el pergeñar todo sobre el papel, y un primer acabado. Lo que sigue a continuación, la técnica, es puro oficio, me resulta una parte muy mecánica, y me aburre.

Hace ya algunos años, la documentación para mis trabajos, la obtenía, en su mayoría, de libros y revistas que compraba en librerías de viejo, saldos, la Cuesta de Moyano o el Rastro. Todo aquel folleto, revista o documento que caía en mis manos, era observado, recortado y guardado meticulosamente en un sobre o carpeta, en el apartado correspondiente y con su título rotulado. Era un trabajo laborioso, que me llevaba mucho trabajo y tiempo, clasificar y mantener al día; además, del espacio monstruoso que ocupaba. A los pocos años de trabajar como profesional, era tal la cantidad de libros, revistas, carpetas y sobres conteniendo fotos, artículos y recortes, que me veía obligado cada equis tiempo a hacer una drástica limpieza.

Pasado un tiempo, me decidí a reducir el archivo a, única y exclusivamente, los libros. Cada vez que salía a la calle, no paraba de observar en los kioscos, escaparates de librerías o tenderetes, cualquier cosa que me pudiera interesar (que son muchas), por lo variado de los encargos a los que estaba sometido profesionalmente.

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Poco a poco y más por necesidad de espacio que por otra cosa, fui eliminando carpetas y sobres, y refinando mis recursos para obtener la documentación necesaria para mis trabajos. Llegaron los tiempos del ordenador y los CDs, y las enciclopedias digitales, me salvaron la vida muchas veces. Sobretodo, en aquella parte correspondiente a lo geográfico, los mapas históricos y tal.

De todos aquellos libros, carpetas y sobres, sólo conservo aquellos con cierto valor sentimental o curioso; los relativos a figura humana y a algunos animales, los caballos, por ejemplo; algún que otro artículo interesante, y poco menos.

Con la edad, he ido afinando aficiones y modelando mis recursos profesionales. La tecnología, me ha ayudado en gran manera, Internet, es la gran enciclopedia; puedes encontrar de todo, tanto en lo relativo a textos como en lo referente a fotos y gráficos. Es mi recurso documental favorito. Acudo a él, para todo. Pero, ojo, la documentación tiene también sus riesgos, tanto si es escasa, como abundante. Me he encontrado, a veces, con que era tal la documentación que tenía en mis manos, que no sabía de cuál echar mano; y, sobretodo, si era la correcta y la adecuada. Con el paso del tiempo, también he llegado a solucionar este problema, aunque, todavía, me agobia.

En los últimos años, he estado trabajando mucho en asuntos de tipo histórico, lo que me ha obligado a documentarme a veces de una manera tan sumamente meticulosa, que a veces me ha resultado agotador a la vez que edificante y divertido. Me explico.

"Hacer un trabajo documentado no es sólo arañar en la superficie y conformarse con que la cosa quede aparente"

Hacer un trabajo documentado no es sólo arañar en la superficie y conformarse con que la cosa quede aparente. No son lo mismo todos los Clientes, ni el trabajo a realizar. He trabajado para Clientes, que les interesaba, únicamente, que el trabajo resultara quedón; pero, no ha sido así en todos los casos, ya que trabajar para una publicación de rigor y fidelidad histórica, supone un trabajo extra, denominémoslo, de tipo ético. Aquí, el todo vale o el así queda bien, no sirven. Hay trabajos y trabajos. El que he estado realizando en los últimos años, no sólo me ha aportado ánimo espiritual, sino que me ha abierto un buen montón de puertas y caminos, que ahora recorro, sabiendo que al otro lado está lo que buscaba: la satisfacción de un trabajo bien hecho y un aporte cultural, del que ya nadie me puede hacer que me desprenda.

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Me resulta más fácil si a ustedes les comento la cosa con un ejemplo. Resultó, que yo tuve que hacer un trabajo sobre un regimiento determinado de la Guardia Real de Felipe IV. La primera reunión con el encargado de la redacción de textos y persona experta en el asunto, duró tres horas y media; y de esa duración, más o menos, estuvieron el resto de las reuniones hasta el final del trabajo. En ella, ya quedaron acotados los puntos y lugares de donde íbamos a obtener la documentación necesaria, para llevar a buen puerto nuestro encargo.

Empezamos por la visita a aquellos museos, donde mi compañero sabía a ciencia cierta que estaba la base primordial de nuestro trabajo: los cuadros, pues se realizaron en la época en la que el acontecimiento histórico tuvo lugar. Los museos, en lo que a cuadros se refiere, son enormes álbumes de fotos a disposición del interesado. Estuvimos horas, mirando y remirando dos cuadros vitales para nuestro trabajo; discutimos y discutimos, sobre lo que veíamos, ya que no siempre éramos del mismo parecer. Sobre la base de lo que habíamos observado, acudimos a los libros. Un diccionario de gran valor sobre las Artes Aplicadas (una de mis posesiones más apreciada), fue clave en algunos momentos. Libros y catálogos, sobre la obra de Velázquez, nos ayudaron a franquear alguna que otra laguna documental. El acceso a la Biblioteca del Palacio Real, donde obtuvimos documentación valiosísima sobre vestuario y costumbres de la época; nuestras bibliotecas personales y nuestra experiencia, llenaron hasta los topes nuestras mesas de fotocopias, libros y documentos. Quedaba ahora el trabajo más arduo, seleccionar lo que nos interesaba, quitar el grano de la paja. Fue lo que más tiempo nos llevó, y lo que más discusiones nos costaron. Pero, vamos, que no llega nunca la sangre al río, pues, por lo menos en mi caso, incluso esa diferencia de pareceres o visiones me supone una reflexión sobre el tema, y un estudio más exhaustivo que me lleva a apurar y afinar hasta el máximo, lo que me resulta, a veces, hasta divertido.

Aquello fue una ilustración, hoy en día, estoy con un guionista realizando una historieta, también de corte histórico, y, como siempre, la documentación es vital para mí. En este caso añadiría otra fuente de documentación extraordinaria y que ya apliqué en algunos trabajos de ilustración: la literatura. Ha sido en la literatura donde he encontrado lo que me faltaba en los otros casos, la manera de pensar y actuar de las gentes a través de las épocas históricas que he ido atravesando. Leer esos libros, conocer a sus autores, la labor magistral de sus editores, me ha llenado de gozo y entusiasmo, tanto es así, que he descubierto a autores que por conocidos en mis tiempos de estudiante como petardos, ahora son autores de mi preferencia. Lo que las pinturas guardadas en los museos tienen de referencia vital, por la inmortalización del momento, la literatura me ayudó a explicarme el por qué de un gesto, un movimiento, una costumbre, un vestido, el lenguaje, las palabras, el vocabulario... Son el complemento de la foto, del cuadro, ayudan a explicarlo en muchos casos.

"Lo que las pinturas guardadas en los museos tienen de referencia vital, por la inmortalización del momento, la literatura me ayudó a explicarme el por qué de un gesto, un movimiento, una costumbre, un vestido, el lenguaje, las palabras, el vocabulario..."

En fin, para finalizar, un consejo: ni tanto, ni tan calvo, que dicen. Documentarse, sí, pero con moderación. El exceso de información, nos puede llevar a la dispersión, y así, al error, al fracaso. No todo sirve. Conviene ir acotando y seleccionando. No podemos leer todo sobre una época histórica, ni mantenerlo en nuestra cabeza, es imposible. Consultar con personas expertas en el tema, o a instituciones dedicadas a ello, nos ayudará sobremanera. El trabajo de ilustrador o de dibujante, requiere de mucho tiempo, no podemos emplearlo todo exclusivamente en la documentación.

¿He aprendido yo, a documentarme correctamente? Pues, no lo sé. Sí que lo hago mejor que antes, pero aún así, he cometido errores que ahí están plasmados en publicaciones y libros. Pero es que la labor es ardua, difícil a veces para una persona sola, y requiere de la ayuda de los expertos a nuestro alrededor. Poco a poco voy perfeccionando mi sistema. Estoy más que seguro de que hay otros mejores. El tiempo y la experiencia nos ayudarán a encontrar el camino correcto y, en su defecto, el que nos resulte más cómodo; no creo yo, que exista la perfección en este asunto. Cada maestrillo, tiene su librillo, que dicen.

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