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Cómics y bibliotecas

Variaciones sobre un tema de Luis Durán

"...el futuro le tortura y el pasado le encadena".
Luis Durán. Caballero de espadas.

El pasado y el futuro, dos extremos opuestos, las dos fuerzas que tensan la cuerda de una vida, son los espacios dramáticos donde se instalan, o hacia donde tienden, las historietas gráficas de Luis Durán. En ellos sustenta su juego creativo, a ellos encarga su ficción. Y el presente no es más que el lugar donde Durán se sitúa para mirar a sus criaturas y contarnos a nosotros su hacia arriba y su hacia abajo, su hacia atrás y su hacia adelante.

La historieta gráfica, el arte del cómic es un arte limitado. No se me malinterprete. Cuando digo limitado no quiero decir que sea un arte menor o superficial (dejemos esas etiquetas para los miopes crónicos), pero sí que es un arte difícil para emocionar, para mover al lector. Me refiero a una emoción profunda, sincera, consecuencia de una verdadera hondura ética y estética, de un conocimiento sutil, veraz y perdurable de las relaciones, de las pasiones, de los miedos humanos. Conozco, reconozco las enormes posibilidades intelectuales y artísticas de la historieta, su necesaria y lícita capacidad de entretenimiento, el mero goce visual que puede llegar a proporcionar. Sin embargo, no puedo dejar de preguntarme cuántos cómics han sido realmente capaces de conmoverme en mi vida en comparación con el número de obras literarias, cinematográficas, o musicales que me han conmovido de verdad, y lo siguen haciendo. Pocos, en relación. Poquísimos. No hablo de ilustración, tampoco de pintura. Hablo de historieta gráfica. Y el medio no es joven, tiene ya una centuria larga. Pues bien, entre esos pocos, entre esos poquísimos están los extraños títulos del extraño Luis Durán. Y la publicación de un nuevo extraño título suyo hace que me reconcilie con la historieta gráfica, medio al que soy infiel -bien por inconsciencia, bien por exigencia insatisfecha- frecuentemente.

En las historias dibujadas de Durán encuentro fuerza, verdad, belleza, vida y, por encima de todo, personas. Es decir, latido, discernimiento, emoción. Es decir, todo lo que busco en una plasmación artística. Algo que me mueva, que me transmita, que me pulse. En una palabra: intensidad.

Dice Cocteau que un artista verdadero da a conocer su presencia sólo por un grito: "Aquí estoy". Un grito así descubrí yo un buen día envuelto en un libro con letras y dibujos de Luis Durán. El libro se titulaba Vanidad. Y era ése un grito firme, afinado, contundente. Desde entonces llevo hablando, diciendo, escribiendo acerca de quien lanzó ese grito, de su enorme talento, de su particular mirada, de su rareza escrutadora. Todo ello en balde, me parece, pues todo lo que pudiera decir no vale nada, no significa nada, no aporta nada a la descripción de un universo creativo tan peculiar y hermoso como indescriptible. Las obras de Durán están repletas de sutiles sugerencias y, por tanto, no necesitan ser comentadas, aclaradas, interpretadas, ya que se gozan por sí mismas, con toda la carga de irrealidad o de insinuación que contienen. Como la poesía, no admiten prólogos, notas al pie, o preliminares. La gente -de nuevo Cocteau- exige que se le explique la poesía, pero ignora que la poesía es un mundo cerrado donde se recibe a muy pocos y donde, a veces, incluso no se recibe a nadie. El arte que Durán practica resulta ser un arte minoritario dentro de otro arte minoritario.

El raro Durán, el sensible Durán, en su mesa de trabajo, tejiendo poemas dibujados, hilvanando leyendas poderosas, susurrándonos, como se susurra una vieja historia a la luz de una lumbre, los inquietantes y enigmáticos vericuetos del verbo vivir.

El grito de "aquí estoy" reverbera, produce ecos inconclusos, encadenados. Perdura, se acrecienta, adquiere modulaciones nuevas en nuevos relatos gráficos. El grito de Durán se me figura un ostinato musical, con tema constante en los graves y variaciones melódicas en los agudos. El escenario, la cronología, los personajes cambian. Pero las obsesiones son las mismas, las inquietudes las mismas, los miedos los mismos.

Infancia. Tiempo. Destino. Muerte. Paraísos perdidos (o nunca encontrados). Las cinco notas del ostinato.

Durán también canta y cuenta la otredad. Sus personajes siempre ven un algo más allá de sus ojos (¿o es sólo el lector quien lo percibe?), una realidad virtual que discurre paralela a sus vidas reales. El imaginario termina siendo tan real como la realidad real. Una dimensión más viva que la vida.

El destino, y su revés, el azar, es la única pieza que circula libremente y en cualquier sentido por el tablero creativo de Durán. Bernard de Claire, en Atravesado por la flecha, emprende su particular búsqueda de ese paraíso natural donde varan las ballenas, pero a mitad del camino tropieza con el borde fatal de su destino, que de alguna manera ya intuía. Esa voluntad enflaquecida ante el presentimiento del destino imbatible es también la de Antoine Ducasse, el protagonista de Antoine de las tormentas, aunque aquí la aceptación de la vida, como algo que incluye también la muerte, es totalmente pesimista y, desde el principio, el relato adquiere tintes elegíacos. Caminando por las colinas de arena nos presenta, sin embargo, un cumplimiento vital más esperanzador, Álgebra no deja de ser un cruce de destinos entre la realidad y la imaginación, y Caballero de espadas una alegoría sobre la imposibilidad de correr hacia atrás y sobre las vidas paralelas que, sin darnos cuenta, dejamos al margen cuando elegimos o, quizá, cuando creemos que elegimos. En Nuestro verdadero nombre asistimos a un divertimento a dos voces, el azar y lo determinado, en el que sólo una de ellas resulta vencedora, y ya imaginamos cuál. Para Durán, pues, todo parece estar ya cerrado, marcado en nuestras vidas desde el momento mismo en que comenzamos a respirar, probablemente incluso antes. Es, en este sentido, un creador Edípico.

Las historias de Durán no se agotan en ellas mismas. Permiten, casi exigen, varias lecturas, varias velecturas. Su poder de evocación es enorme; su belleza, rotunda; su misterio, múltiple.

Juzgar el arte de Durán desde el punto de vista estético es confundir útiles con objetos de arte. No me interesa establecer si Durán dibuja mejor o peor, si se repite o si inventa. Sería colocarme en el punto de vista estético. Durán me interesa desde el punto de vista ético, fabulador, cognitivo. Me prueba la existencia de una universal verdad humana, no teniendo nunca nada de pictórico con todos los elementos que la sirven. Y ello mediante un medio tan pequeño, tan humilde, tan desconocido y maltratado como es el cómic.

Durán es, también, el vértigo de vivir.

El grafismo de Durán es tribal y desproporcionado. Dibuja personajes cuellilargos y patizambos. Ojos más grandes que bocas, manos con formas cuadradas y dedos romos. Son esos dibujos, en su parquedad, en su concepción, en su utilidad, como los dibujos de las antiguas historias de ciego y de los cuentacuentos de feria. Pero no necesita más. No quiere nada más. Ese intencionado y elaborado primitivismo gráfico le sirve para proyectar todo (digamos casi todo) lo que pretende. Ahí está la magia, lo admirable. Por encima de, o conjuntamente con, o quizá debido a su particular dibujo, su texto se alza penetrante, libre de obstáculos. Durán, con su elemental simplicidad gráfica, consigue lo que tantos narradores de dibujo preciosista ya quisieran: hacer invisible el artificio.

La ola rizada que encuentra en la orilla su vacío, su silencio. El jinete embozado que no sabemos adónde va, si viene o ya estaba, si lleva o si trae. Hay ahí la misma cálida ingenuidad que en el dibujo de un niño. Y su misma potencia.

Se equivocan quienes valoran a Durán como un buen escritor pero como un mediocre dibujante. No han entendido nada. Lo mediocre nunca tuvo personalidad. Basta mirar una sucesión de viñetas de Durán para estar seguro de que posee sobre todas las cosas un punto de vista inevitable, de que vive en un mundo donde gobierna. Su escritura y su dibujo forman una comunión perfecta, un todo indisoluble. Prescindir de uno o de otro sería intentar separar un algo único, que es su voz. Una voz con un timbre inconfundible que -como Segovia dijo de la guitarra- suena débil, pero llega lejos.

Abro un cómic de Durán. Leo, veo, veleo… y ¡zas!, ya me tiene en su mano.

Me siento ante las obras de Durán como un niño absorto ante un retablillo de títeres. Las historias de Durán son absorbentes. Nos atrapan desde un primer momento, desde la primera y arrebatadora frase. Tiene lo que se dice un oído privilegiado. Eso le confiere a su prosa una musicalidad, una precisión y una elegancia poco frecuentes. Dominio del tempo y del discurso, del diálogo y de los silencios. Prosa poco prosaica. Su escritura es brillante.

Durán se siente cómodo narrando en primera persona. Es su posición, como narrador, más efectiva y perturbadora.

La meticulosa y elocuente elección de planos de Durán. Su sentido de la tensión narrativa.

Incontenible, rebosante, desmelenado, como con una de esas cabelleras al viento que tanto dibuja, Luis Durán es un artista de raza. Creador sin freno, vertiginosa aventura de sueños y metáforas, de enigmas y secretos, de cuentos de niños que no quieren perder su infancia y de niños que irremediablemente la han perdido y son arrojados como náufragos al tumultuoso mar de los adultos.

Escribe Durán al principio de uno de sus relatos gráficos:

"Una vez oí decir que todos los viajes comienzan saliendo de casa. Pero no es cierto. Hay viajes que, al igual que los sueños, comienzan cerrando los ojos".

Nuestro verdadero nombre, p. 9, 2005

Sugestivo texto de arranque que no deja de ser, curiosamente, más que la proyección de la conciencia creativa de su autor. Porque lo que espera Luis Durán, al fin y al cabo, lo que pretende y pretenderá siempre con su arte, es ofrecernos un viaje. Un viaje hacia nosotros mismos para el cual el único vehículo, el único equipaje y el único billete necesarios sean las páginas de un libro suyo.

Jesús Jiménez Pelayo, septiembre 2005

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